05/12/2016

Lograr transformaciones mientras los que las piden no las ven

"La derecha me veía como un maldito, un traidor a mi clase. Para la izquierda era un burgués, un capitalista que no podría resolver la coyuntura de la época. Me había convertido en el burgués maldito, pero había logrado que los trabajadores tuvieran el 50% en la distribución de la riqueza."
Gelbard: Historia secreta del último burgués nacional (2006)




27/11/2016

A raíz de Fidel

Para un diario local (que al día de hoy todavía reivindica el Proceso), Fidel no hizo más que forjar “sueños que fueron pesadillas”.

¿En serio? ¿Será pesadilla la baja tasa de mortalidad infantil de Cuba, por debajo de la de los EEUU (ni qué hablar de México, Chile, Argentina, Brasil y otros marginales del capitalismo)? ¿Será pesadilla el acceso universal a uno de los sistemas de salud más completos del mundo, muy por encima de los EEUU (ni qué hablar de México, Chile, Argentina, Brasil y otros marginales del capitalismo)? ¿Será pesadilla el acceso universal a uno de los sistemas educativos más exitosos e igualitarios del mundo, mucho más que el de los EEUU (ni qué hablar de México, Chile, Argentina, Brasil y otros marginales del capitalismo)? ¿Y el acceso universal a la vivienda y al trabajo? (Es cierto, esta vivienda y este trabajo no supera al de los EEUU -centro global del capitalismo-; comparemos entonces con México, comparemos con Brasil, los PBI más alto de la América Latina. ¿Dónde habita la pesadilla?) ¿O será pesadilla entonces el estallido cultural que nos dio a algunos de los mejores cineastas, músicos y literatos de habla hispana del último medio siglo? No, tal vez la pesadilla sea, como escribía algún ‘periodista’ ayer, que Cuba tiene presos políticos. ¿Acaso supera en número al de los EEUU? (Claro, nunca nadie recuerda a los presos políticos de los EEUU.) O tal vez la pesadilla sea, como escribía otro ‘periodista’ ayer, que Fidel Castro tiene a sus espaldas la muerte de cientos de opositores. ¿Acaso Fidel, en 60 años de Revolución, rozó siquiera el número de muertes con el que deja su doble mandato el premio Nobel de la Paz Barak Obama? ¿Acaso las muertes con las que carga Fidel son las muertes de inocentes, ajenos a las disputas por el poder que solo responde a los principios del dinero y la propiedad? O tal vez la pesadilla sea, como escribe otro ‘periodista’ hoy, que Fidel no terminó con la pobreza en Cuba. ¿Acaso la pobreza cubana es peor que la de sus vecinos Haití, República Dominicana o (la colonia estadounidense de) Puerto Rico?

No, las únicas pesadillas que vivió y vive Cuba no son autoimpuestas, no son el resultado de una revolución que liberó, igualó, educó y cuidó al pueblo cubano. Las únicas pesadillas fueron el bloqueo comercial impuesto por los EEUU (para que no se contagie el socialismo en sus tierras) y que impidió al país comerciar libremente y crecer económica y tecnológicamente durante más de 60 años. Las únicas pesadillas fueron los golpes de Estado y las dictaduras que barrieron Latinoamérica durante los ’70 y ’80, delineadas desde Washington para extirpar la expansión de políticas socialistas que estaban destinadas a tender lazos con la isla rebelde. Las únicas pesadillas fueron la globalización neoliberal financiada por las corporaciones y la Secretaría de Estado de los EEUU, que destrozó los márgenes de maniobra nacionales haciendo que la política en todo el mundo se rindiera ante la libre y caprichosa circulación del dinero, multiplicando la pobreza mundial, las guerras y las cifras de desplazados, y empujando a Cuba a adentrarse en el pantanoso terreno del pseudo-capitalismo, lo que desmoralizó a su población y trastocó la escala de valores sociales, haciendo que el dinero ingrese como disciplinador de la vida social y cultural de la isla. Las únicas pesadillas fueron la guerra informativa y económica que todavía sacude a Latinoamérica, financiada por corporaciones locales y ONGs con recursos extranjeros, que debilitaron a los gobiernos progresistas de la región que estaban ayudando a devolver a Cuba su influencia y su centralidad en el debate político internacional.

¿O acaso hubiese habido pesadilla si los EEUU permitía que el socialismo cubano progresara libremente y sin trabas económicas? (¿Pero era dado imaginar una Cuba socialista exitosa a orillas de la Florida?) ¿O acaso hubiese habido pesadilla si los EEUU no impedía el movimiento hacia el socialismo en América Latina a fuerza de dictaduras y genocidio? (¿Pero era dado imaginar una América Latina unida por un ideal de justicia social a orillas del Caribe?) ¿O acaso hubiese habido pesadilla si el Consenso de Washington no licuaba las fronteras globales durante los ’90? ¿O si el progresismo latinoamericano continuaba su política de expansión de derechos y distribución de la riqueza sin que las embajadas de los EEUU intrigaran junto con los grandes grupos económicos? (¿Pero era dado imaginar una América Latina desafiando la lógica de acumulación de la riqueza que hoy es el sentido común del planeta?)

No, Cuba no fue una pesadilla, fue una anomalía en un sistema corrupto e inhumano, una anomalía que el sistema supo cercar y controlar, pero que no pudo suprimir. Esto solo ya es una victoria y una inspiración. Después de todo, las pesadillas y la violencia no las generan quienes liberan y reparten, sino quienes oprimen y someten. Fidel no forjó pesadillas, luchó contra ellas. Y son sus sueños y su lucha (nada menos) lo que nos ha dejado.




26/11/2016

El riesgo de los líderes eternos

“Si Mao hubiese muerto en 1956, sus logros hubiesen sido inmortales. Si hubiese muerto en 1966, todavía hubiese sido un gran hombre, aunque falible. Pero murió en 1976. Por todos los cielos, ¿qué podemos decir?”
Chen Yun, citado en “Big bad wolf”, The Economist (2006). 




21/11/2016

Cuando la verdad está en completa fuga y solo quedan los discursos

"No existe (o al menos, para la descripción histórica cuya posibilidad se traza aquí, no se puede admitir) una especie de discurso ideal, a la vez último e intemporal, al que elecciones de origen extrínseco habrían pervertido, atropellado, reprimido, propulsado hacia un futuro quizá muy lejano; no se debe suponer, por ejemplo, que haya sobre la naturaleza o sobre la economía dos discursos superpuestos y entrerrenglonados: uno, que se prosigue lentamente, que acumula sus conocimientos y poco a poco se completa (discurso verdadero, pero que no existe en su pureza más que en los confines teleológicos de la historia); el otro, siempre arruinado, siempre recomenzado, en perpetua ruptura consigo mismo, compuesto de fragmentos heterogéneos (discursos de opinión que la historia, al filo del tiempo, relega al pasado). No hay una taxonomía natural que haya sido exacta, con la excepción quizá del fijismo; no hay una economía del intercambio y de la utilidad que haya sido verdadera, sin las preferencias y las ilusiones de una burguesía comerciante. La taxonomía clásica o el análisis de las riquezas tales como han existido efectivamente, y tales como han constituido figuras históricas, comportan, en un sistema articulado pero indisociable, objetos, enunciaciones, conceptos y elecciones teóricas."
Michel Foucault (2008) La Arqueología del Saber.



13/11/2016

El Dios del marxismo según Laclau y Mouffe

"Resulta, pues, clara la línea general de la intervención teórico-estratégica austromarxista; en la misma medida en que se amplía la efectividad práctica de la intervención política autónoma, el discurso de la 'necesidad histórica' [propio del marxismo ortodoxo] pierde relevancia y se retira al horizonte de lo social (exactamente lo mismo que Dios, en el discurso deísta, sin desaparecer, limita drásticamente los efectos de su presencia en el mundo)."
Ernesto Laclau y Chantal Mouffe (1986) Hegemonía y Estrategia Socialista.
 


¿La virtualidad y el conformismo acabaron con las revoluciones?

"Si ha pasado la época de las revoluciones sistémicas, es porque no existen edificios para alojar las oficinas del sistema, que podrían ser invadidas y capturadas por los revolucionarios; y también porque resulta extrordinariamente difícil, e incluso imposible, imaginar qué podrían hacre los vencedores, una vez dentro de esos edificioas (si es que primero los hubieran encontrado), para revertir la situación y poner fina al malestar que los impulsó a rebelarse. Resulta evidente la escasez de esos potenciales revolucionariso, de gente capaz de articular el deseo de cambiar su situación idnividual como parte del proyecto de cambiar el orden de la sociedad." 
Zygmunt Bauman (2004) Modernidad Líquida. 



Desigualdad y distancia entre moral pública y privada

"El materialismo histórico destruye toda una serie de prejuicios y convenciones, falsos deberes, obligaciones hipócritas, pero no por eso justifica la caída en el escepticismo y en el cinismo snob. El mismo resultado había tenido el maquiavelismo, por una extensión arbitraria o una confusión que, desde luego, no se daba en Maquiavelo, sino al contrario, puesto que la grandeza de Maquiavelo consiste en haber distinguido entre política y ética.
No puede existir una asociación permanente y capaz de desarrollo que no se sostenga en determinados principios éticos, propuestos por la asociación misma a sus componentes individuales con vistas a la complicidad interna y a la homogeneidad necesaria para alcanzar el fin. No por eso carecerán los principios de carácter universal. (...) Por tanto, esa asociación no se afirma como definitiva y rígida, sino como tendente a unificar a toda la humanidad. La política se entiende entonces como un proceso que desembocará en la moral, o sea, como tendente a desembocar en una forma de convivencia en la cual política y, por tanto, moral estén ambas superadas. Solo desde este punto de vista historicista puede explicarse la angustia de muchos ante el contraste entre la moral privada y la moral público-política. Esa angustia es un reflejo inconsciente y sentimentalmente acrítico de las contradicciones de la sociedad actual, es decir, de la falta de igualdad entre los sujetos morales."
Antonio Gramsci (2010) Antología - Volumen 2.





08/11/2016

De octubre a octubre: un año después del preludio de la derrota

La semana pasada se cumplió un año de la primera vuelta electoral del 2015. El aniversario llegó un día antes de la conmemoración por el fallecimiento de Néstor Kirchner. La atención puesta sobre esta última (más convocante que todas las anteriores por razones obvias), hicieron que el recuerdo de la antesala de la derrota kirchnerista pasara casi inadvertido. Nunca está de más volver la mirada hacia atrás por un segundo, y sopesar qué nos dejó aquella jornada ominosa.

Cierto es que cada vez que se mira hacia el pasado electoral reciente, parece inevitable hilvanar largas listas de promesas incumplidas o de derechos vulnerados al calor de las políticas macristas. Tratemos de evitar estas siempre útiles enumeraciones para volcar la atención sobre dos elementos algo menos transitados: la recepción mediática de los resultados de primera ronda y el impacto de aquellas elecciones en la militancia kirchnerista.

Las portadas del 26

Para los diarios del 'día después', la ajustada victoria de Scioli (que no superó el 2% frente a su contrincante) fue interpretada en el contexto de la derrota bonaerense de Aníbal Fernández. Así, Clarín señalaba: “Los resultados, sobre todo el notable triunfo de Vidal… anticipan un fin de ciclo para el kirchnerismo duro.” Y Ricardo Kirchbaum acompañaba el presagio titulando: “Cristina fue la principal derrotada”.

La portada de La Nación proponía lecturas más racionales, saludando los resultados como “Una noche que cambió la política argentina”. Pero fue Página /12 el único periódico que supo llevar a la portada aquello que en verdad se ponía en juego: “Dos países”, fue el lacónico titular, acompañando la imagen de los dos candidatos encaminados al ballottage.

De estos “dos países”, uno se hizo presente de inmediato en las tapas de los diarios económicos. “Los mercados esperan un lunes eufórico, con subas en bonos y acciones”, anticipaba El Cronista, y Ámbito Financiero les daba la razón asegurando: “Se descuenta una fuerte suba en los bonos y las acciones de Argentina desde hoy”. Menos afinados para los matices, y desatendiendo esta evidencia, La Izquierda Diario recibía los resultados electorales con un ingenuo “No le hagas el juego a la derecha: votá en blanco.”

Las portadas de ayer, hoy

A un año de estas primeras y rápidas impresiones mediáticas es posible realizar una lectura más asentada de su contenido. Aquella automática “euforia” de los mercados, si bien justificada, hoy debiera moderarse. Macri no tardó en aplicar el ajuste requerido por empresarios e inversores, y en empujar las demandas salariales a la baja. Sin embargo, la pronosticada “lluvia de inversiones” nunca se materializó, y, ya avanzado octubre de 2016, estos mismos empresarios e inversores advierten que no se materializará a menos que el gobierno consolide su victoria el año que viene.

Por supuesto, esto no significa que la “euforia” se haya disipado por completo. Aunque las ganancias interanuales en la Bolsa de Comercio no mejoren los números de 2015, la mayoría de las empresas que cotizan continúan haciendo una buena diferencia. Y si de ganadores hablamos, ninguno como la banca, que logró incrementar en un 60% sus ganacias con respecto al año pasado, y llegó a representar el 54% del total de ganancias en la Bolsa.

Si a ‘este país’ no le va tan mal, al ‘otro país’ las cosas no parecen irle demasiado bien. Más allá de las regulares movilizaciones multitudinarias que hasta los periódicos macristas se ven obligados a cubrir, en lo que va del año ha habido un promedio de más de un paro, marcha, corte o protesta por día alrededor del país. Es decir que, en promedio, no pasa un día en que el malestar no tome las calles en algún rincón de la Argentina. Este otro país, el país de los trabajadores y de los pequeños emprendimientos golpeados por la economía liberalizada, rara vez llega a los titulares, pero reactualiza día a día la tensión entre los dos modelos graficada por la portada de Página/12 luego de la primera vuelta electoral. Hoy, la imagen de un presidente empresario rodeado de CEOs,  llamando a los trabajadores a no poner “palos en la rueda de las empresas”, es la fatídica contracara del conflicto social en permanente ebullición. Tan evidente ha sido esta tensión entre modelos, que hasta la izquierda trotskista acabó asumiéndola y hoy se encuentra compartiendo eslóganes y alguna que otra marcha con el propio kirchnerismo.

De las portadas a las redes, y de las redes a las calles

La lectura que tal vez merezca más atención es aquella que pronosticaba el “fin del kirchnerismo”. Contrario a todas las previsiones clarinistas, la ajustada victoria de octubre no solo no acabó con el kirchnerismo, sino que activó a una importante porción de votantes que hasta entonces no se encontraban enmarcados dentro de espacios de militancia formal. Fue justo después del 26 de octubre que se creó la comunidad de Facebook ‘Resistiendo con Aguante’, que no tardó en congregar a medio millón de miembros afines al gobierno saliente y que se multiplicó en cientos de microcomunidades locales con presencia en las las distintas movilizaciones que se vienen llevando a cabo desde la asunción de Macri.

En una encuesta propia llevada a cabo en el grupo Resistiendo con Aguante, si bien un 58% refiere no tener participación política formal, un nada despreciable 12% declara haber iniciado su militancia partidaria a partir de la derrota electoral del 2015. De aquellos que no se encuentran encuadrados dentro de un partido político, un 14,7% asegura haber asistido a por lo menos una reunión de debate político durante este año, y un impactante 33% declara haber participado en por lo menos una movilización a lo largo del 2016. Estos números dan cuenta de que, lejos de haber sepultado al kirchnerismo, el impacto de las elecciones despertó el compromiso activo y militante de una numerosa porción de votantes hasta entonces no comprometida con la acción política directa. En este contexto, los resultados de octubre deben verse como un primer sacudón que despabiló a buena parte de las bases kirchneristas y cerró filas frente a la dispersión del espacio peronista.

Junto con esta activación de una militancia hasta entonces aletargada, las elecciones de octubre despertaron a su vez nuevas formas de acción militante. Aquella que más claro impacto tuvo tras la primera vuelta electoral fue la modalidad de campaña 'puerta a puerta'. Versión superadora del timbreo-ficción duranbarbista, el 'puerta a puerta' del kirchnerismo apeló al diálogo directo de vecino a vecino, ya sea en las casas, en las calles, o en los transportes públicos. A esta novedosa forma de vinculación con el electorado le siguieron las charlas de referentes partidarios en las plazas, algo que a medida que fuese creciendo acabaría derivando en las multitudinarias Plazas del Pueblo, que hoy se replican cada semana en algún punto del país.

En cierta forma, la fragilidad electoral que dejó entrever el FPV en octubre de 2015 llevó a que esta fuerza, acostumbrada a la construcción de vínculos verticales desde las instituciones estatales, o desde sus medios afines, tomara conciencia de la importancia de los vínculos horizontales. Curiosamente, se trata de vínculos que el Pro ya venía explotando con acertado criterio y visión, tanto en las comunidades virtuales como en las charlas entre los ministros de la Ciudad y los vecinos. Mejor tarde que nunca, asegura el refrán. En este sentido, la virtud del kirchnerismo ha sido romper la inercia del pasado y adentrarse en nuevos terrenos, lo cual no podría haberse dado sin una amplia base de militancia (a diferencia de lo que venía ocurriendo con el Pro, cuyo principal replicador siempre fueron los medios concentrados).

Hoy, desde su lugar de oposición (y mientras las cabezas políticas atienden a la rosca partidaria que sucede a toda derrota de proporciones), la militancia kirchnerista se ha reconfigurado, ha actualizado sus espacios de acción, y lo ha hecho sin perder uno de sus principales activos políticos: la capacidad de movilización.

Los medios y las portadas de mañana…

Solo queda un espacio, no menor, en donde el FPV se muestra en franca retirada: los medios. Salvo valiosas pero limitadas excepciones, las voces del kirchnerismo han desaparecido del registro mediático. En la amplia mayoría de los medios se habla por o sobre el kirchnerismo, pero evitando la presencia kirchnerista o diluyendo la confrontación directa. Como lo que se perdió por un lado debe compensarse por otro, la actual penetración en las redes (donde ya se compite cabeza a cabeza con el macrismo), y la constante presencia en las calles, tratan de funcionar como contrapesos. Las multitudes, se sabe, continúan siendo esquivas al partido de gobierno (que ya desistió de convocarlas tras el fracaso de la apertura de sesiones del Congreso). Las calles, por lo menos, continúan siendo kirchneristas.

Empatados en el terreno virtual, resta ver hasta qué punto la movilización y el diálogo cara a cara con el vecino podrán compensar la limitada presencia mediática, hoy que casi la totalidad del espectro de medios ha decidido proteger la imagen y la gestión macrista al tiempo que continúa ocupado en golpear y denunciar la gestión kirchnerista. En cualquier caso, no será algo que podamos develar sino hasta 2017, cuando un nuevo octubre nos reciba.



26/10/2016

La imparcialidad en tiempos de pluralismo ideológico

"Dado que nadie existe sin ideología, cabe concluir que la única garantía de imparcialidad humanamente exigible es el pluralismo ideológico interno, donde cada uno sepa cómo piensa el otro y le exija coherencia en cada caso, para lo cual es menester que nadie oculte lo que piensa."
Eugenio Raúl Zaffaroni (2013) "Disidencia del Señor Ministro Doctor Don E. Raúl Zaffaroni." en "Rizzo, Jorge Gabriel s/ acción de amparo c/ Poder Ejecutivo Nacional, ley 26.855".

12/10/2016

La seducción en tiempos del capitalismo 'cool'

"El 'capitalismo cool' es la incorporación del desapego al interior del capitalismo.
Lo 'cool' es la línea frontal del capitalismo actual para aquellos que son seducidos por su atractivo cultural, y especialmente para aquellos que aspiran, aún en frustración, a las dulces mieles de la civilización capitalista. Para que el capitalismo pueda conducir las mentes y los corazones se vuelve necesario ocultar su incómoda línea posterior, que se manifiesta en eternas fuentes de desapego. En busca de legitimidad, el capitalismo debe maquillar el desapego: de aquí la función de lo 'cool' para traducir el desapego en aceptación y conformismo." 
Jim McGuigan (2011) 'From cultural populism to cool capitalism.'

La hipótesis del conflicto bélico a la vuelta de la esquina

"Las enseñanzas de las grandes crisis financieras  anteriores (no las crisis cíclicas del capitalismo cada 7-10 años sino las crisis de ciclo largo, 40-50 años, que son parte de crisis históricas más amplias) es que tienen un tiempo de desarrollo y luego de profundización, que guarda relación con el grado de confrontación entre los bloques de poder en pugna por definir un determinado orden mundial, ya que el que regía hasta entonces entró en crisis porque emergió y se ha desarrollado un nuevo actor económico político con capacidad de construir una nueva correlación de fuerzas internacionales. La guerra financiera, deviene en guerra comercial con estancamiento, recesión y depresión, y esta deviene en guerra militar en países secundarios y luego en gran guerra en países centrales. Por  último, la guerra tiene vencedores, y tratados que acuerdan y reconocen a los vencedores, ej.: Bretton Woods. Esto no quiere decir que necesaria e inevitablemente vayamos hacia  una guerra mundial en territorio central, ya que puede imponerse un orden (un bloque de alianzas ganador) antes de llegar a ese escenario. Lo que si puede observarse, en función de las enseñanzas históricas de las grandes crisis, es que la gran crisis que se manifiesta con toda su fuerza a partir de la caída del Lehman Brothers en septiembre de 2008, abre el tiempo de profundización de las luchas ínter-imperialistas y la Oportunidad Histórica para los pueblos y naciones, por un espacio de tiempo  social de 10 a 25 años hasta su resolución.
Para los países coloniales, semicoloniales, dependientes, las grandes crisis son oportunidades históricas para el desarrollo de un proyecto propio ya que crean las condiciones internacionales para los procesos profundos de transformación y liberación nacional y social, que en distintas latitudes y bajo distintas formas repiten los ejes de independencia económica, soberanía política, justicia social e integración regional autónoma. Fue en las grandes crisis mundiales, en la agudización del enfrentamiento inter-imperialista y en la profundización de la lucha entre bloques de poder que históricamente se abrieron los espacios de oportunidad para los procesos de liberación nacional democrático-sociales de los pueblos y naciones oprimidas."
Walter Formento y Gabriel Merino (2011) La Crisis Global: La lucha por la configuración del nuevo orden mundial.


04/10/2016

Los pobres de Macri, los pobres de Cristina, y los ricos


Ya hay datos oficiales de pobreza. No son datos alentadores. El INDEC visualiza 32,2% de pobres y 6,3% de indigentes. Exactamente 8.772.000 argentinos caídos debajo de la línea de pobreza. Los números se acercan de forma notoria a las estimaciones del Observatorio de la Deuda Social de la UCA, que en abril último había calculado un 32,6% de pobreza.

Esta vez, ya con los datos oficiales en mano, los representantes del oficialismo no escatimaron declaraciones por lo menos controversiales. “Este es el punto de partida sobre el cual acepto ser evaluado,” dijo el propio presidente, abonando a la retórica deshistorizadora que lo caracteriza y desatando la polémica. Revista Barcelona sintetizó su gambeta discursiva con un titular de antología: ‘Mauricio Macri asume la presidencia de la nación tras nueve meses de gestión’.

No menos irrespetuosa con el pasado reciente (el suyo), la vicepresidenta Gabriela Michetti confesó que “la pobreza cero no existe en ningún lugar del mundo”. Luego, en relación a las promesas de campaña… ¿Qué campaña?

Solo hay un terreno de la realidad política que el oficialismo acepta historizar: la gestión kirchnerista. Aunque mirar hacia atrás para justificar los males propios no parezca una estrategia de largo alcance, todo se facilita cuando uno es asistido por los principales periódicos, aquellos que imponen agenda y establecen el marco lógico y semántico que asumirá el resto de los medios.

Así, Clarín abordó los números de pobreza refiriéndose en tapa a “La magnitud de la crisis…”, mientras La Nación aclaró que “Macri dijo que fracasará si no la baja”. En el primer caso, se abona a la  teoría de que los nuevos números de pobreza deben sumarse a la ‘gran crisis’ económica dejada por el kirchnerismo; en el segundo, se asume como válida la estrategia del gobierno de desvincularse de su propia gestión.

Debatir la pobreza en la Argentina no es simple. Pero si existe verdadera voluntad de no caer en eslóganes vacíos y retóricas de contingencia, se imponen tres puntos fundamentales y una conclusión que es menester asumir antes de realizar cualquier apreciación sobre el tema. El primer punto es contra el kirchnerismo; el segundo, a su favor; el tercero, contra el macrismo; y la conclusión, como no podía ser de otra manera, es menos económica que política, y pone el ojo sobre el verdadero y último problema a debatir cuando de pobreza se trata: la riqueza. De eso van estas líneas.

Una en contra del kirchnerismo: La autocrítica sin fin

Se ha vuelto un lugar común reclamar autocrítica al kirchnerismo, como si se necesitara una derrota electoral para revisar los errores propios; como si la ausencia de ‘mea culpas’ mediáticos supusiera la falta de autoevaluación; o como si el kircherismo nunca hubiese corregido rumbos en base a una reevaluación de situación.

Claro que, forzado a impostar contraste, el macrismo ha hecho del reconocimiento del error, de la improvisación, y hasta de la incapacidad, una virtud. Pero no se requiere un master en comunicación para intuir que la admisión de las ineptitudes propias solo puede ser efectiva si se cuenta con un conglomerado de medios dispuesto a resaltar el error político como virtud y a no abalanzarse sobre las debilidades expuestas. Esta gracia no le fue concedida al kirchnerismo.

Y sin embargo, la necesidad de despejar el terreno antes de abordar el problema de la pobreza nos obliga a revisar la estrategia comunicativa del gobierno anterior frente al tema de la pobreza y a declararla un terrible y grosero error político.

La ausencia de índices oficiales desde el 2013 solo puede explicarse por la necesidad de enturbiar una discusión de por sí turbia. Con un Indec ajustado a los requerimientos del Ejecutivo desde 2007, la interrupción de unas estadísticas que ya venían siendo avaladas por el oficialismo no puede despertar sino sospechas.

Para enturbiar el terreno más aún, el índice multidimensional en el que venía trabajando el oficialismo hacia 2014 terminó archivado cuando sus resultados ascendieron a un 25%. La responsabilidad del caso recayó en Kicillof, entonces ministro de economía, quien justificó la ausencia de estadísticas por considerar que las mediciones de probreza son “estigmatizantes”. Por aquel entonces, el índice publicado por la UCA rondaba el 28,7%.

El traspié más sonoro tuvo lugar en junio del año pasado, cuando la FAO (la Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura) premió a la Argentina por sus esfuerzos para acabar con el hambre. En su discurso ante el organismo, la presidenta Cristina Kirchner habló de un índice de pobreza del 5%. Mientras Kicillof aclaró que ese 5% se refería al índice de inseguridad alimenticia publicado por el organismo internacional (y por el cual la Argentina había sido premiada), un torpe Aníbal Fernández aseguró que el país tenía menos pobreza que Alemania.

En aquellos meses, y ante la ausencia de estadísticas oficiales, la UCA estimaba 26% de pobreza, la Ciudad 20%, la CGT 17,8%, y Artemio López 12,7%. Fue la torpeza comunicativa y el desdén con el que se abordaba un tema tan delicado lo que dejó el camino despejado para que Cambiemos hiciera de esta problemática un cínico caballito de batalla. Sin el negacionismo kirchnerista, es factible que no hubiese habido “Pobreza Cero”.

Valga la necesidad de autocrítica entonces: el kirchnerismo, que tantas políticas había articulado para mejorar la situación de los sectores más postergados, negaba la realidad de estos sectores, empujándolos a identificarse con el discurso esperanzador de un partido que no se preocupaba por sus reclamos.

Una a favor del kirchnerismo: La reducción de la pobreza fue real

Cuando el periodismo liberal propone mirar hacia atrás para culpar por los índices de pobreza al gobierno anterior, hay un dato que suele estar ausente del análisis. Aún asumiendo las estadísticas más conservadoras (como las de la UCA), el proceso kirchnerista redujo drásticamente la pobreza durante su primera etapa, ingresando en una meseta en torno a los 25 y 30 puntos a partir de la crisis internacional del 2007.

Si bien para el Observatorio de la UCA la reducción de la pobreza se detiene en 2011 y comienza a retroceder a partir de entonces, se trata de un retroceso gradual acompañado por crecimiento del empleo, lo que sugiere más un estancamiento antes que una disparada de la variable, que para 2015 llegaría a 29 puntos porcentuales según sus mediciones.

Para el Centro de Investigación y Formación de la CTA (Cifra), más próximo al gobierno de Cristina, el índice de pobreza a fines del ciclo kirchnerista era de 19,7%, a medio camino entre los datos de la UCA y los de Artemio López. A pesar de tratarse de un valor considerablemente alto, el informe de Cifra advertía que las distintas gestiones kirchneristas habían logrado “una reducción de 30 puntos porcentuales respecto del nivel de 2003,” lo que suponía “alrededor de 10 millones de personas” que habían podido de salir de la situación de pobreza gracias al kirchnerismo.

A diferencia de los datos de la UCA, que ubicaban el máximo descenso de la pobreza en 2011, el documento de Cifra aseguraba que la reducción de esta variable había sido “sistemática hasta 2014”, año en que “la devaluación y su acelerado impacto en el proceso inflacionario provocó un aumento del nivel de personas en situación de pobreza”.

Los investigadores de Cifra llamaban la atención sobre el hecho de que el único retroceso de los niveles de pobreza que ellos habían medido durante el kirchnerismo se había dado como consecuencia de una devaluación. Justamente, la medida que el macrismo proponía durante la campaña como solución a todos los problemas económicos.

Ya sea que sigamos los datos de la UCA o de Cifra, es posible indicar que si algo diferencia al proceso kirchnerista de los procesos que lo precedieron desde la llegada de la democracia es que el kirchnerismo no creó pobreza. En cualquier caso, es su incapacidad para profundizar la reducción de la misma más allá de cierto punto lo que debería juzgarse. Como veremos más adelante, esta discusión nos obligará a meternos de lleno en el terreno de la puja política.

Una en contra del macrismo: El aumento de la pobreza fue real

Cuando Macri pide ser juzgado por el 32,2% de pobreza de agosto, anula en un fugaz giro retórico nueve meses de gobierno, nueve meses marcados por decisiones económicas que impactaron directamente en los índices de pobreza que tanto parecen preocuparlo.

La eliminación del cepo cambiario y la devaluación del 60%, con un impacto directo en la inflación (estimada en 45% anual por el propio Prat Gay); la consecuente caída del consumo y de la producción; los despidos públicos y privados; el intento de tope a las paritarias y el hoy tambaleante tarifazo, que no tardó en trasladarse a precios; son todas estas medidas que impactan inevitablemente en el poder adquisitivo y empujan a porciones de la población por debajo de la línea de la pobreza.

La misma UCA contabilizó 1,4 millones de pobres puramente macristas tan solo en el primer trimestre del año (una proporción que al menemismo le llevó cuatro años generar). Para el segundo semestre, la desocupación, directamente relacionada con los índices de pobreza, creció 3,6 puntos según el Indec y 3,7 según el Gobierno de la Ciudad de Buenos Aires. Con la inflación más alta desde la hiper alfonsinista, el poder adquisitivo de salarios, jubilaciones y asignaciones familiares ha retrocedido a tal punto que El Cronista debió reconocer una pérdida del 10%. Este periódico supo compensar la mala noticia titulando: “Salarios pierden poder adquisitivo pero ganan competitividad externa”. He aquí una foto del proyecto macrista: somos más competitivos, claro, porque valemos menos.

Todas estas variables impactan en los índices de pobreza. Es cierto, el kirchnerismo no logró acabar con la pobreza, pero Macri la multiplicó.

Una a favor de la política: Detrás de la pobreza, hay riqueza

Tanto los datos próximos al kirchnerismo como aquellos de quienes se le opusieron dan cuenta de un período de relativo estancamiento posterior a la crisis internacional de 2007, un momento a partir del cual la dinámica de la pobreza comienza a oscilar en lugar de descender o retrotraerse definitivamente. Lo que una mirada despojada debería atender, en este contexto, es qué hechos políticos pueden haber producido este estancamiento, o si realmente estamos ante un límite estructural (como han sugerido algunos) de la política económica kirchnerista.

Un análisis de los acontecimientos políticos relacionados con las fechas apuntadas hasta el momento pareciera dar cuenta de algo más que una mera fragilidad estructural. El año 2007 fue el año de la crisis de las hipotecas subprime. La espectacular crisis financiera enfrió la economía global, empujó políticas de ajuste y disparó la desocupación y la pobreza en todo el mundo. El promedio de pobreza europeo alcanzó en 2015 el 24,5%; España saltó del 24,5% al 29,2%, y Grecia del 28% al 36%. Ninguno de los datos para la Argentina muestra un salto tan dramático.

Alfredo Zaiat describe cómo el kirchnerismo debió hacer frente a seis corridas bancarias. La primera, el mismo año de la crisis internacional, durante las elecciones que llevarían a Cristina Fernández a la presidencia. En 2008, el conflicto con el campo y la inestabilidad internacional pondrían al kirchnerismo frente a dos nuevas corridas. El fin de las AFJP desató una cuarta corrida que se extendió hasta las elecciones de 2009. Hubo una quinta en 2010 y una sexta en 2011, esta última presionando sobre el valor del dólar justo antes de la segunda victoria de Cristina. La única solución posible ante semejante embate del sector financiero fue el control cambiario (el maldito cepo), que nunca hubiese existido de no haber mediado intereses políticos y económicos para reorientar las políticas distributivas del gobierno y ampliar la rentabilidad de los sectores concentrados de la economía.

Es decir, mientras el mundo crecía, los grandes jugadores de la economía local aceptaron la política de redistribución de la renta; cuando la crisis internacional hizo caer el nivel de ganancias, estos mismos jugadores comenzaron a presionar para reducir la porción de la renta que compartían con el grueso de la población.

El año 2011 coincide con el punto de inflexión en el descenso de la pobreza que marca la UCA. El cepo, como es de imaginar, tendría un impacto inevitable sobre el ritmo de crecimiento de la economía, que había sido de 3,3% durante el primer mandato de Cristina y bajaría a 1,3% durante el segundo.

Las presiones sobre el valor del dólar adquirieron un nuevo carácter bajo el cepo, con los agroexportadores reteniendo cosecha y retaceando las divisas tan necesarias para el Banco Central. Esta presión estuvo detrás de la devaluación de 2014 y volvió a hacerse sentir durante el año electoral, que cerró con la liquidación más baja en 13 años a pesar de la cosecha record. La conclusión es clara: los negocios de unos pocos ponían en jaque la economía de todos.

Pero entonces, la pobreza no es un problema económico. La pobreza es un problema político y la capacidad de un gobierno para reducirla depende de su habilidad para controlar y actuar sobre el interés empresarial (que siempre es el interés por el máximo beneficio posible). Mientras el kirchnersimo asumió esta puja y sufrió sus consecuencias (intestabilidad económica y estigmatización mediática), el macrismo pactó con los sectores concentrados (liberación del tipo de cambio y quita de retenciones).

La puja del kirchnerismo tuvo en la devaluación de 2014 su más clara derrota. Pero el entonces gobierno acompañó esta caída del poder adquisitivo con una rápida recomposición salarial en paritarias y con una batería de acciones tendientes a fomentar el consumo y a mantener la actividad productiva. El pacto de Macri también tuvo sus consecuencias: la pérdida del poder adquisitivo, la caída de la producción industrial y el aumento de los despidos. He aquí por qué un gobierno logró controlar la pobreza, mientras que el otro la disparó.

La razón de fondo para la pobreza es la política; y por detrás de la política, está la riqueza. No es que haya pobres porque no haya riqueza para repartir (en 2014, la argentina generó 12.751 dólares de riqueza por cada argentino). Un ejemplo del problema que se enfrenta cuando se habla de pobreza es que la producción agropecuaria fue récord en 2014 y 2015, y aún así la liquidación de granos cayó. La razón fue que los dueños de la riqueza no aceptaban compartirla a través de retenciones o de un dólar accesible. Recién cuando Macri le aseguró a la patronal agraria la quita de retenciones y un alza en el valor del dólar, estos aceptaron vender sus cosechas. Pero ya era tarde. Los salarios se habían depreciado con la devaluación y ya no había retenciones que permitieran distribuir un excedente de riquezas entre la población.

Sí, por detrás de la política está la riqueza; pero hablamos de pobreza, no de riqueza. Tal vez deberíamos atender a las palabras del economista ecuatoriano René Ramírez, cuando propone dejar atrás la ‘pobretología’ y reemplazarla por la ‘ricatología’: “Tenemos que enfocarnos en los ricos si queremos superar la pobreza,” dice, y propone “no hacer líneas de pobreza, sino hacer líneas de riqueza”.

Ramírez define la línea de riqueza como aquella que “delimita la riqueza necesaria para eliminar la pobreza por medio de reducciones en la desigualdad de la renta”. Puesto en términos llanos, la línea de riqueza indica qué porcentaje de la renta de los ricos es necesario para acabar con la pobreza. Este análisis, aplicado al caso ecuatoriano, permitió determinar que “con el 2% de la riqueza de los más ricos de Ecuador se podía superar toda la pobreza.”

Tal vez sea demasiado pedir que la UCA o el Indec comiencen a medir la riqueza necesaria para acabar con la pobreza que tanto parece preocuparles. En cualquier caso, nunca está de más recordar una verdad de perogrullo que debería ponernos en alerta cuando apreciamos la composición del gabinete macrista, pero que tampoco debería tranquilizarnos cuando reflexionamos sobre los referentes del kirchnerismo: “si los pobres existen, es porque existen los ricos”.



Los pobres de Macri, los pobres de Cristina, y los ricos


Ya hay datos oficiales de pobreza. No son datos alentadores. El INDEC visualiza 32,2% de pobres y 6,3% de indigentes. Exactamente 8.772.000 argentinos caídos debajo de la línea de pobreza. Los números se acercan de forma notoria a las estimaciones del Observatorio de la Deuda Social de la UCA, que en abril último había calculado un 32,6% de pobreza.

Esta vez, ya con los datos oficiales en mano, los representantes del oficialismo no escatimaron declaraciones por lo menos controversiales. “Este es el punto de partida sobre el cual acepto ser evaluado,” dijo el propio presidente, abonando a la retórica deshistorizadora que lo caracteriza y desatando la polémica. Revista Barcelona sintetizó su gambeta discursiva con un titular de antología: ‘Mauricio Macri asume la presidencia de la nación tras nueve meses de gestión’.

No menos irrespetuosa con el pasado reciente (el suyo), la vicepresidenta Gabriela Michetti confesó que “la pobreza cero no existe en ningún lugar del mundo”. Luego, en relación a las promesas de campaña… ¿Qué campaña?

Solo hay un terreno de la realidad política que el oficialismo acepta historizar: la gestión kirchnerista. Aunque mirar hacia atrás para justificar los males propios no parezca una estrategia de largo alcance, todo se facilita cuando uno es asistido por los principales periódicos, aquellos que imponen agenda y establecen el marco lógico y semántico que asumirá el resto de los medios.

Así, Clarín abordó los números de pobreza refiriéndose en tapa a “La magnitud de la crisis…”, mientras La Nación aclaró que “Macri dijo que fracasará si no la baja”. En el primer caso, se abona a la  teoría de que los nuevos números de pobreza deben sumarse a la ‘gran crisis’ económica dejada por el kirchnerismo; en el segundo, se asume como válida la estrategia del gobierno de desvincularse de su propia gestión.

Debatir la pobreza en la Argentina no es simple. Pero si existe verdadera voluntad de no caer en eslóganes vacíos y retóricas de contingencia, se imponen tres puntos fundamentales y una conclusión que es menester asumir antes de realizar cualquier apreciación sobre el tema. El primer punto es contra el kirchnerismo; el segundo, a su favor; el tercero, contra el macrismo; y la conclusión, como no podía ser de otra manera, es menos económica que política, y pone el ojo sobre el verdadero y último problema a debatir cuando de pobreza se trata: la riqueza. De eso van estas líneas.

Una en contra del kirchnerismo: La autocrítica sin fin

Se ha vuelto un lugar común reclamar autocrítica al kirchnerismo, como si se necesitara una derrota electoral para revisar los errores propios; como si la ausencia de ‘mea culpas’ mediáticos supusiera la falta de autoevaluación; o como si el kircherismo nunca hubiese corregido rumbos en base a una reevaluación de situación.

Claro que, forzado a impostar contraste, el macrismo ha hecho del reconocimiento del error, de la improvisación, y hasta de la incapacidad, una virtud. Pero no se requiere un master en comunicación para intuir que la admisión de las ineptitudes propias solo puede ser efectiva si se cuenta con un conglomerado de medios dispuesto a resaltar el error político como virtud y a no abalanzarse sobre las debilidades expuestas. Esta gracia no le fue concedida al kirchnerismo.

Y sin embargo, la necesidad de despejar el terreno antes de abordar el problema de la pobreza nos obliga a revisar la estrategia comunicativa del gobierno anterior frente al tema de la pobreza y a declararla un terrible y grosero error político.

La ausencia de índices oficiales desde el 2013 solo puede explicarse por la necesidad de enturbiar una discusión de por sí turbia. Con un Indec ajustado a los requerimientos del Ejecutivo desde 2007, la interrupción de unas estadísticas que ya venían siendo avaladas por el oficialismo no puede despertar sino sospechas.

Para enturbiar el terreno más aún, el índice multidimensional en el que venía trabajando el oficialismo hacia 2014 terminó archivado cuando sus resultados ascendieron a un 25%. La responsabilidad del caso recayó en Kicillof, entonces ministro de economía, quien justificó la ausencia de estadísticas por considerar que las mediciones de probreza son “estigmatizantes”. Por aquel entonces, el índice publicado por la UCA rondaba el 28,7%.

El traspié más sonoro tuvo lugar en junio del año pasado, cuando la FAO (la Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura) premió a la Argentina por sus esfuerzos para acabar con el hambre. En su discurso ante el organismo, la presidenta Cristina Kirchner habló de un índice de pobreza del 5%. Mientras Kicillof aclaró que ese 5% se refería al índice de inseguridad alimenticia publicado por el organismo internacional (y por el cual la Argentina había sido premiada), un torpe Aníbal Fernández aseguró que el país tenía menos pobreza que Alemania.

En aquellos meses, y ante la ausencia de estadísticas oficiales, la UCA estimaba 26% de pobreza, la Ciudad 20%, la CGT 17,8%, y Artemio López 12,7%. Fue la torpeza comunicativa y el desdén con el que se abordaba un tema tan delicado lo que dejó el camino despejado para que Cambiemos hiciera de esta problemática un cínico caballito de batalla. Sin el negacionismo kirchnerista, es factible que no hubiese habido “Pobreza Cero”.

Valga la necesidad de autocrítica entonces: el kirchnerismo, que tantas políticas había articulado para mejorar la situación de los sectores más postergados, negaba la realidad de estos sectores, empujándolos a identificarse con el discurso esperanzador de un partido que no se preocupaba por sus reclamos.

Una a favor del kirchnerismo: La reducción de la pobreza fue real

Cuando el periodismo liberal propone mirar hacia atrás para culpar por los índices de pobreza al gobierno anterior, hay un dato que suele estar ausente del análisis. Aún asumiendo las estadísticas más conservadoras (como las de la UCA), el proceso kirchnerista redujo drásticamente la pobreza durante su primera etapa, ingresando en una meseta en torno a los 25 y 30 puntos a partir de la crisis internacional del 2007.

Si bien para el Observatorio de la UCA la reducción de la pobreza se detiene en 2011 y comienza a retroceder a partir de entonces, se trata de un retroceso gradual acompañado por crecimiento del empleo, lo que sugiere más un estancamiento antes que una disparada de la variable, que para 2015 llegaría a 29 puntos porcentuales según sus mediciones.

Para el Centro de Investigación y Formación de la CTA (Cifra), más próximo al gobierno de Cristina, el índice de pobreza a fines del ciclo kirchnerista era de 19,7%, a medio camino entre los datos de la UCA y los de Artemio López. A pesar de tratarse de un valor considerablemente alto, el informe de Cifra advertía que las distintas gestiones kirchneristas habían logrado “una reducción de 30 puntos porcentuales respecto del nivel de 2003,” lo que suponía “alrededor de 10 millones de personas” que habían podido de salir de la situación de pobreza gracias al kirchnerismo.

A diferencia de los datos de la UCA, que ubicaban el máximo descenso de la pobreza en 2011, el documento de Cifra aseguraba que la reducción de esta variable había sido “sistemática hasta 2014”, año en que “la devaluación y su acelerado impacto en el proceso inflacionario provocó un aumento del nivel de personas en situación de pobreza”.

Los investigadores de Cifra llamaban la atención sobre el hecho de que el único retroceso de los niveles de pobreza que ellos habían medido durante el kirchnerismo se había dado como consecuencia de una devaluación. Justamente, la medida que el macrismo proponía durante la campaña como solución a todos los problemas económicos.

Ya sea que sigamos los datos de la UCA o de Cifra, es posible indicar que si algo diferencia al proceso kirchnerista de los procesos que lo precedieron desde la llegada de la democracia es que el kirchnerismo no creó pobreza. En cualquier caso, es su incapacidad para profundizar la reducción de la misma más allá de cierto punto lo que debería juzgarse. Como veremos más adelante, esta discusión nos obligará a meternos de lleno en el terreno de la puja política.

Una en contra del macrismo: El aumento de la pobreza fue real

Cuando Macri pide ser juzgado por el 32,2% de pobreza de agosto, anula en un fugaz giro retórico nueve meses de gobierno, nueve meses marcados por decisiones económicas que impactaron directamente en los índices de pobreza que tanto parecen preocuparlo.

La eliminación del cepo cambiario y la devaluación del 60%, con un impacto directo en la inflación (estimada en 45% anual por el propio Prat Gay); la consecuente caída del consumo y de la producción; los despidos públicos y privados; el intento de tope a las paritarias y el hoy tambaleante tarifazo, que no tardó en trasladarse a precios; son todas estas medidas que impactan inevitablemente en el poder adquisitivo y empujan a porciones de la población por debajo de la línea de la pobreza.

La misma UCA contabilizó 1,4 millones de pobres puramente macristas tan solo en el primer trimestre del año (una proporción que al menemismo le llevó cuatro años generar). Para el segundo semestre, la desocupación, directamente relacionada con los índices de pobreza, creció 3,6 puntos según el Indec y 3,7 según el Gobierno de la Ciudad de Buenos Aires. Con la inflación más alta desde la hiper alfonsinista, el poder adquisitivo de salarios, jubilaciones y asignaciones familiares ha retrocedido a tal punto que El Cronista debió reconocer una pérdida del 10%. Este periódico supo compensar la mala noticia titulando: “Salarios pierden poder adquisitivo pero ganan competitividad externa”. He aquí una foto del proyecto macrista: somos más competitivos, claro, porque valemos menos.

Todas estas variables impactan en los índices de pobreza. Es cierto, el kirchnerismo no logró acabar con la pobreza, pero Macri la multiplicó.

Una a favor de la política: Detrás de la pobreza, hay riqueza

Tanto los datos próximos al kirchnerismo como aquellos de quienes se le opusieron dan cuenta de un período de relativo estancamiento posterior a la crisis internacional de 2007, un momento a partir del cual la dinámica de la pobreza comienza a oscilar en lugar de descender o retrotraerse definitivamente. Lo que una mirada despojada debería atender, en este contexto, es qué hechos políticos pueden haber producido este estancamiento, o si realmente estamos ante un límite estructural (como han sugerido algunos) de la política económica kirchnerista.

Un análisis de los acontecimientos políticos relacionados con las fechas apuntadas hasta el momento pareciera dar cuenta de algo más que una mera fragilidad estructural. El año 2007 fue el año de la crisis de las hipotecas subprime. La espectacular crisis financiera enfrió la economía global, empujó políticas de ajuste y disparó la desocupación y la pobreza en todo el mundo. El promedio de pobreza europeo alcanzó en 2015 el 24,5%; España saltó del 24,5% al 29,2%, y Grecia del 28% al 36%. Ninguno de los datos para la Argentina muestra un salto tan dramático.

Alfredo Zaiat describe cómo el kirchnerismo debió hacer frente a seis corridas bancarias. La primera, el mismo año de la crisis internacional, durante las elecciones que llevarían a Cristina Fernández a la presidencia. En 2008, el conflicto con el campo y la inestabilidad internacional pondrían al kirchnerismo frente a dos nuevas corridas. El fin de las AFJP desató una cuarta corrida que se extendió hasta las elecciones de 2009. Hubo una quinta en 2010 y una sexta en 2011, esta última presionando sobre el valor del dólar justo antes de la segunda victoria de Cristina. La única solución posible ante semejante embate del sector financiero fue el control cambiario (el maldito cepo), que nunca hubiese existido de no haber mediado intereses políticos y económicos para reorientar las políticas distributivas del gobierno y ampliar la rentabilidad de los sectores concentrados de la economía.

Es decir, mientras el mundo crecía, los grandes jugadores de la economía local aceptaron la política de redistribución de la renta; cuando la crisis internacional hizo caer el nivel de ganancias, estos mismos jugadores comenzaron a presionar para reducir la porción de la renta que compartían con el grueso de la población.

El año 2011 coincide con el punto de inflexión en el descenso de la pobreza que marca la UCA. El cepo, como es de imaginar, tendría un impacto inevitable sobre el ritmo de crecimiento de la economía, que había sido de 3,3% durante el primer mandato de Cristina y bajaría a 1,3% durante el segundo.

Las presiones sobre el valor del dólar adquirieron un nuevo carácter bajo el cepo, con los agroexportadores reteniendo cosecha y retaceando las divisas tan necesarias para el Banco Central. Esta presión estuvo detrás de la devaluación de 2014 y volvió a hacerse sentir durante el año electoral, que cerró con la liquidación más baja en 13 años a pesar de la cosecha record. La conclusión es clara: los negocios de unos pocos ponían en jaque la economía de todos.

Pero entonces, la pobreza no es un problema económico. La pobreza es un problema político y la capacidad de un gobierno para reducirla depende de su habilidad para controlar y actuar sobre el interés empresarial (que siempre es el interés por el máximo beneficio posible). Mientras el kirchnersimo asumió esta puja y sufrió sus consecuencias (intestabilidad económica y estigmatización mediática), el macrismo pactó con los sectores concentrados (liberación del tipo de cambio y quita de retenciones).

La puja del kirchnerismo tuvo en la devaluación de 2014 su más clara derrota. Pero el entonces gobierno compañó esta caída del poder adquisitivo con una rápida recomposición salarial en paritarias y con una batería de acciones tendientes a fomentar el consumo y a mantener la actividad productiva. El pacto de Macri también tuvo sus consecuencias: la pérdida del poder adquisitivo, la caída de la producción industrial y el aumento de los despidos. He aquí por qué un gobierno logró controlar la pobreza, mientras que el otro la disparó.

La razón de fondo para la pobreza es la política; y por detrás de la política, está la riqueza. No es que haya pobres porque no haya riqueza para repartir (en 2014, la argentina generó 12.751 dólares de riqueza por cada argentino). Un ejemplo del problema que se enfrenta cuando se habla de pobreza es que la producción agropecuaria fue récord en 2014 y 2015, y aún así la liquidación de granos cayó. La razón fue que los dueños de la riqueza no aceptaban compartirla a través de retenciones o de un dólar accesible. Recién cuando Macri le aseguró a la patronal agraria la quita de retenciones y un alza en el valor del dólar, estos aceptaron vender sus cosechas. Pero ya era tarde. Los salarios se habían depreciado con la devaluación y ya no había retenciones que permitieran distribuir un excedente de riquezas entre la población.

Sí, por detrás de la política está la riqueza; pero hablamos de pobreza, no de riqueza. Tal vez deberíamos oír las palabras del economista ecuatoriano René Ramírez, cuando propone dejar atrás la ‘pobretología’ y reemplazarla por la ‘ricatología’: “Tenemos que enfocarnos en los ricos si queremos superar la pobreza,” dice, y propone “no hacer líneas de pobreza, sino hacer líneas de riqueza”.

Ramírez define la línea de riqueza como aquella que “delimita la riqueza necesaria para eliminar la pobreza por medio de reducciones en la desigualdad de la renta”. Puesto en términos llanos, la línea de riqueza indica qué porcentaje de la renta de los ricos es necesario para acabar con la pobreza. Este análisis, aplicado al caso ecuatoriano, permitió determinar que “con el 2% de la riqueza de los más ricos de Ecuador se podía superar toda la pobreza.”

Tal vez sea demasiado pedir que la UCA o el Indec comiencen a medir la riqueza necesaria para acabar con la pobreza que tanto parece preocuparles. En cualquier caso, nunca está de más recordar una verdad de perogrullo que debería ponernos en alerta cuando apreciamos la composición del gabinete macrista, pero que tampoco debería tranquilizarnos cuando reflexionamos sobre los referentes del kirchnerismo: “si los pobres existen es porque existen los ricos”.



Los pobres de Macri, los pobres de Cristina, y los ricos


Ya hay datos oficiales de pobreza. No son datos alentadores. El INDEC visualiza 32,2% de pobres y 6,3% de indigentes. Exactamente 8.772.000 argentinos caídos debajo de la línea de pobreza. Los números se acercan de forma notoria a las estimaciones del Observatorio de la Deuda Social de la UCA, que en abril último había calculado un 32,6% de pobreza.

Esta vez, ya con los datos oficiales en mano, los representantes del oficialismo no escatimaron declaraciones por lo menos controversiales. “Este es el punto de partida sobre el cual acepto ser evaluado,” dijo el propio presidente, abonando a la retórica deshistorizadora que lo caracteriza y desatando la polémica. Revista Barcelona sintetizó su gambeta discursiva con un titular de antología: ‘Mauricio Macri asume la presidencia de la nación tras nueve meses de gestión’.

No menos irrespetuosa con el pasado reciente (el suyo), la vicepresidenta Gabriela Michetti confesó que “la pobreza cero no existe en ningún lugar del mundo”. Luego, en relación a las promesas de campaña… ¿Qué campaña?

Solo hay un terreno de la realidad política que el oficialismo acepta historizar: la gestión kirchnerista. Aunque mirar hacia atrás para justificar los males propios no parezca una estrategia de largo alcance, todo se facilita cuando uno es asistido por los principales periódicos, aquellos que imponen agenda y establecen el marco lógico y semántico que asumirá el resto de los medios.

Así, Clarín abordó los números de pobreza refiriéndose en tapa a “La magnitud de la crisis…”, mientras La Nación aclaró que “Macri dijo que fracasará si no la baja”. En el primer caso, se abona a la  teoría de que los nuevos números de pobreza deben sumarse a la ‘gran crisis’ económica dejada por el kirchnerismo; en el segundo, se asume como válida la estrategia del gobierno de desvincularse de su propia gestión.

Debatir la pobreza en la Argentina no es simple. Pero si existe verdadera voluntad de no caer en eslóganes vacíos y retóricas de contingencia, se imponen tres puntos fundamentales y una conclusión que es menester asumir antes de realizar cualquier apreciación sobre el tema. El primer punto es contra el kirchnerismo; el segundo, a su favor; el tercero, contra el macrismo; y la conclusión, como no podía ser de otra manera, es menos económica que política, y pone el ojo sobre el verdadero y último problema a debatir cuando de pobreza se trata: la riqueza. De eso van estas líneas.

Una en contra del kirchnerismo: La autocrítica sin fin

Se ha vuelto un lugar común reclamar autocrítica al kirchnerismo, como si se necesitara una derrota electoral para revisar los errores propios; como si la ausencia de ‘mea culpas’ mediáticos supusiera la falta de autoevaluación; o como si el kircherismo nunca hubiese corregido rumbos en base a una reevaluación de situación.

Claro que, forzado a impostar contraste, el macrismo ha hecho del reconocimiento del error, de la improvisación, y hasta de la incapacidad, una virtud. Pero no se requiere un master en comunicación para intuir que la admisión de las ineptitudes propias solo puede ser efectiva si se cuenta con un conglomerado de medios dispuesto a resaltar el error político como virtud y a no abalanzarse sobre las debilidades expuestas. Esta gracia no le fue concedida al kirchnerismo.

Y sin embargo, la necesidad de despejar el terreno antes de abordar el problema de la pobreza nos obliga a revisar la estrategia comunicativa del gobierno anterior frente al tema de la pobreza y a declararla un terrible y grosero error político.

La ausencia de índices oficiales desde el 2013 solo puede explicarse por la necesidad de enturbiar una discusión de por sí turbia. Con un Indec ajustado a los requerimientos del Ejecutivo desde 2007, la interrupción de unas estadísticas que ya venían siendo avaladas por el oficialismo no puede despertar sino sospechas.

Para enturbiar el terreno más aún, el índice multidimensional en el que venía trabajando el oficialismo hacia 2014 terminó archivado cuando sus resultados ascendieron a un 25%. La responsabilidad del caso recayó en Kicillof, entonces ministro de economía, quien justificó la ausencia de estadísticas por considerar que las mediciones de probreza son “estigmatizantes”. Por aquel entonces, el índice publicado por la UCA rondaba el 28,7%.

El traspié más sonoro tuvo lugar en junio del año pasado, cuando la FAO (la Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura) premió a la Argentina por sus esfuerzos para acabar con el hambre. En su discurso ante el organismo, la presidenta Cristina Kirchner habló de un índice de pobreza del 5%. Mientras Kicillof aclaró que ese 5% se refería al índice de inseguridad alimenticia publicado por el organismo internacional (y por el cual la Argentina había sido premiada), un torpe Aníbal Fernández aseguró que el país tenía menos pobreza que Alemania.

En aquellos meses, y ante la ausencia de estadísticas oficiales, la UCA estimaba 26% de pobreza, la Ciudad 20%, la CGT 17,8%, y Artemio López 12,7%. Fue la torpeza comunicativa y el desdén con el que se abordaba un tema tan delicado lo que dejó el camino despejado para que Cambiemos hiciera de esta problemática un cínico caballito de batalla. Sin el negacionismo kirchnerista, es factible que no hubiese habido “Pobreza Cero”.

Valga la necesidad de autocrítica entonces: el kirchnerismo, que tantas políticas había articulado para mejorar la situación de los sectores más postergados, negaba la realidad de estos sectores, empujándolos a identificarse con el discurso esperanzador de un partido que no se preocupaba por sus reclamos.

Una a favor del kirchnerismo: La reducción de la pobreza fue real

Cuando el periodismo liberal propone mirar hacia atrás para culpar por los índices de pobreza al gobierno anterior, hay un dato que suele estar ausente del análisis. Aún asumiendo las estadísticas más conservadoras (como las de la UCA), el proceso kirchnerista redujo drásticamente la pobreza durante su primera etapa, ingresando en una meseta en torno a los 25 y 30 puntos a partir de la crisis internacional del 2007.

Si bien para el Observatorio de la UCA la reducción de la pobreza se detiene en 2011 y comienza a retroceder a partir de entonces, se trata de un retroceso gradual acompañado por crecimiento del empleo, lo que sugiere más un estancamiento antes que una disparada de la variable, que para 2015 llegaría a 29 puntos porcentuales según sus mediciones.

Para el Centro de Investigación y Formación de la CTA (Cifra), más próximo al gobierno de Cristina, el índice de pobreza a fines del ciclo kirchnerista era de 19,7%, a medio camino entre los datos de la UCA y los de Artemio López. A pesar de tratarse de un valor considerablemente alto, el informe de Cifra advertía que las distintas gestiones kirchneristas habían logrado “una reducción de 30 puntos porcentuales respecto del nivel de 2003,” lo que suponía “alrededor de 10 millones de personas” que habían podido de salir de la situación de pobreza gracias al kirchnerismo.

A diferencia de los datos de la UCA, que ubicaban el máximo descenso de la pobreza en 2011, el documento de Cifra aseguraba que la reducción de esta variable había sido “sistemática hasta 2014”, año en que “la devaluación y su acelerado impacto en el proceso inflacionario provocó un aumento del nivel de personas en situación de pobreza”.

Los investigadores de Cifra llamaban la atención sobre el hecho de que el único retroceso de los niveles de pobreza que ellos habían medido durante el kirchnerismo se había dado como consecuencia de una devaluación. Justamente, la medida que el macrismo proponía durante la campaña como solución a todos los problemas económicos.

Ya sea que sigamos los datos de la UCA o de Cifra, es posible indicar que si algo diferencia al proceso kirchnerista de los procesos que lo precedieron desde la llegada de la democracia es que el kirchnerismo no creó pobreza. En cualquier caso, es su incapacidad para profundizar la reducción de la misma más allá de cierto punto lo que debería juzgarse. Esta discusión nos obliga a meternos de lleno en el terreno de la puja política; pero antes...

Una en contra del macrismo: El aumento de la pobreza fue real

Cuando Macri pide ser juzgado por el 32,2% de pobreza de agosto, anula en un fugaz giro retórico nueve meses de gobierno, nueve meses marcados por decisiones económicas que impactaron directamente en los índices de pobreza que tanto parecen preocuparlo.

La eliminación del cepo cambiario y la devaluación del 60%, con un impacto directo en la inflación (estimada en 45% anual por el propio Prat Gay); la consecuente caída del consumo y de la producción; los despidos públicos y privados; el intento de tope a las paritarias y el hoy tambaleante tarifazo, que no tardó en trasladarse a precios; son todas estas medidas que impactan inevitablemente en el poder adquisitivo y empujan a porciones de la población por debajo de la línea de la pobreza.

La misma UCA contabilizó 1,4 millones de pobres puramente macristas tan solo en el primer trimestre del año (una proporción que al menemismo le llevó cuatro años generar). Para el segundo semestre, la desocupación, directamente relacionada con los índices de pobreza, creció 3,6 puntos según el Indec y 3,7 según el Gobierno de la Ciudad de Buenos Aires. Con la inflación más alta desde la hiper alfonsinista, el poder adquisitivo de salarios, jubilaciones y asignaciones familiares ha retrocedido a tal punto que El Cronista debió reconocer una pérdida del 10%. Este periódico supo compensar la mala noticia titulando: “Salarios pierden poder adquisitivo pero ganan competitividad externa”. He aquí una foto del proyecto macrista: somos más competitivos, claro, porque valemos menos.

Todas estas variables impactan en los índices de pobreza. Es cierto, el kirchnerismo no logró acabar con la pobreza, pero Macri la multiplicó.

Una a favor de la política: Detrás de la pobreza, hay riqueza

Tanto los datos próximos al kirchnerismo como aquellos de quienes se le opusieron dan cuenta de un período de relativo estancamiento posterior a la crisis internacional de 2007, un momento a partir del cual la dinámica de la pobreza comienza a oscilar en lugar de descender o retrotraerse definitivamente. Lo que una mirada despojada debería atender, en este contexto, es qué hechos políticos pueden haber producido este estancamiento, o si realmente estamos ante un límite estructural (como han sugerido algunos) de la política económica kirchnerista.

Un análisis de los acontecimientos políticos relacionados con las fechas apuntadas hasta el momento pareciera dar cuenta de algo más que una mera fragilidad estructural. El año 2007 fue el año de la crisis de las hipotecas subprime. La espectacular crisis financiera enfrió la economía global, empujó políticas de ajuste y disparó la desocupación y la pobreza en todo el mundo. El promedio de pobreza europeo alcanzó en 2015 el 24,5%; España saltó del 24,5% al 29,2%, y Grecia del 28% al 36%. Ninguno de los datos para la Argentina muestra un salto tan dramático.

Alfredo Zaiat describe cómo el kirchnerismo debió hacer frente a seis corridas bancarias. La primera fue el mismo año de la crisis internacional, previa a las elecciones que llevarían a Cristina Fernández a la presidencia. En 2008, el conflicto con el campo y la inestabilidad internacional lo pondrían frente a dos nuevas corridas. El fin de las AFJP desató una cuarta corrida que se extendió hasta las elecciones de 2009. Hubo una quinta en 2010 y una sexta en 2011, esta última presionando sobre el valor del dólar justo antes de la segunda victoria de Cristina. La única solución posible ante semejante embate del sector financiero fue el control cambiario (el maldito cepo), que nunca hubiese existido de no haber mediado intereses políticos y económicos para reorientar las políticas distributivas del gobierno y ampliar la rentabilidad de los sectores concentrados de la economía.

Es decir, mientras el mundo crecía, los grandes jugadores de la economía local aceptaron la política de redistribución de la renta; cuando la crisis internacional hizo caer el nivel de ganancias, estos mismos jugadores comenzaron a presionar para reducir la porción de la renta que compartían con el grueso de la población.

El año 2011 coincide con el punto de partida en el retroceso de la pobreza que marca la UCA. El cepo, como es de imaginar, tendría un impacto inevitable sobre el ritmo de crecimiento de la economía, que había sido de 3,3% durante el primer mandato de Cristina y bajaría a 1,3% durante el segundo.

Las presiones sobre el valor del dólar adquirieron un nuevo carácter bajo el cepo, con los agroexportadores reteniendo cosecha y retaceando las divisas tan necesarias para el Banco Central. Esta presión estuvo detrás de la devaluación de 2014 y volvió a hacerse sentir durante el año electoral, que cerró con la liquidación más baja en 13 años a pesar de la cosecha record. La conclusión es clara: los negocios de unos pocos ponían en jaque la economía de todos.

Pero entonces, la pobreza no es un problema económico. La pobreza es un problema político y la capacidad de un gobierno para reducirla depende de su capacidad para controlar y actuar sobre el interés empresarial (que siempre es el interés por el máximo beneficio posible). Mientras el kirchnersimo asumió esta puja y sufrió sus consecuencias (intestabilidad económica y estigmatización mediática), el macrismo pactó con los sectores concentrados (liberación del tipo de cambio y quita de retenciones).

La puja del kirchnerismo tuvo en la devaluación de 2014 su más clara derrota. Pero el entonces gobierno compañó esta caída del poder adquisitivo con una rápida recomposición salarial en paritarias y con una batería de acciones tendientes a fomentar el consumo y a mantener la actividad productiva. El pacto de Macri también tuvo sus consecuencias: la pérdida del poder adquisitivo, la caída de la producción industrial y el aumento de los despidos. He aquí por qué un gobierno logró controlar la pobreza, mientras que el otro la disparó.

La razón de fondo para la pobreza es la política; y por detrás de la política, está la riqueza. No es que haya pobres porque no haya riqueza para repartir (en 2014, la argentina generó 12.751 dólares de riqueza por cada argentino). Un ejemplo del problema que se enfrenta cuando se habla de pobreza es que la producción agropecuaria fue récord en 2014 y 2015, y aún así la liquidación de granos cayó. La razón fue que los dueños de la riqueza no aceptaban compartirla a través de retenciones o de un dólar accesible. Recién cuando Macri le aseguró a la patronal agraria la quita de retenciones y un alza en el valor del dólar, estos aceptaron vender sus cosechas. Pero ya era tarde. Los salarios se habían depreciado con la devaluación y ya no había retenciones que permitieran distribuir un excedente de riquezas entre la población.

Sí, por detrás de la política está la riqueza; pero hablamos de pobreza, no de riqueza. Tal vez deberíamos oír las palabras del economista ecuatoriano René Ramírez, cuando propone dejar atrás la ‘pobretología’ y reemplazarla por la ‘ricatología’: “Tenemos que enfocarnos en los ricos si queremos superar la pobreza,” dice, y propone “no hacer líneas de pobreza, sino hacer líneas de riqueza”.

Ramírez define la línea de riqueza como aquella que “delimita la riqueza necesaria para eliminar la pobreza por medio de reducciones en la desigualdad de la renta”. Puesto en términos llanos, la línea de riqueza indica qué porcentaje de la renta de los ricos es necesario para acabar con la pobreza. Este análisis, aplicado al caso ecuatoriano, permitió determinar que “con el 2% de la riqueza de los más ricos de Ecuador se podía superar toda la pobreza.”

Tal vez sea demasiado pedir que la UCA o el Indec comiencen a medir la riqueza necesaria para acabar con la pobreza que tanto parece preocuparles. En cualquier caso, nunca está de más recordar una verdad de perogrullo que debería ponernos en alerta cuando apreciamos la composición del gabinete macrista, pero que tampoco debería tranquilizarnos cuando reflexionamos sobre los referentes del kirchnerismo: “si los pobres existen es porque existen los ricos”.



28/09/2016

Zarpazo sobre Malvinas y resistencia

Se ha vuelto un cliché asumir que el gobierno de Macri se mueve por ensayo y error. Días atrás, el ex ministro Axel Kicillof planteó otra forma de entender este accionar. Para el economista y diputado, más que por “ensayo y error”, el gobierno actúa por “intento de abuso” y “medición de la resistencia”. En sus propias palabras, Macri “solo recula si se tropieza con una oposición contundente”, es decir: “tira el zarpazo, y si pasa, pasa”.

Al revisar los acontecimientos de estos días en torno al conflicto de Malvinas, es posible advertir un claro ejemplo de este mecanismo. Ya desde su asunción, el gobierno de Macri fue creando pacientemente el escenario propicio para dejar atrás la discusión por la soberanía de las Islas. Hace apenas unas semanas tiró el zarpazo; por fortuna, no pasó.

La secuencia de eventos es larga, aún cuando la reduzcamos a sus instancias fundamentales. Pero como sucede cada vez que nos proponemos recorrer los de eventos pasados, es posible regresar de nuestro viaje en el tiempo con algunas pistas para comprender el presente.

Mi pasado me condena

Era fines de diciembre de 2015, tras la asunción del presidente Macri. El periodista de Perfil acababa de preguntar si se mantendrían las sanciones por pesca y explotación petrolera en Malvinas, o si habría “un nuevo paraguas sobre la soberanía” (en referencia a la estrategia menemista). La entrevistada era la nueva canciller Susana Malcorra. Su respuesta se inició con una sentencia por demás significativa: “Las Malvinas son un tema constitucional, no un tema opcional”.

La sola aclaración debiera despertar suspicacias. Nadie que esté convencido de la legitimidad del reclamo argentino pensaría en escudriñarse detrás de la Constitución para fundamentar una política soberana. Pero la aclaración se dada en un contexto muy particular. Ya gobernaba Mauricio Macri, el hombre que en 1997 había asegurado no entender el reclamo por Malvinas “en un país tan grande como el nuestro”, y que las Islas “serían un fuerte déficit adicional para la Argentina”.

Días antes de su asunción, las dudas que despertaba el nuevo gobierno habían sido expresadas por los ex combatientes de la Mesa de Coincidencia Malvinas, que reclamaron no dar “ni un paso atrás” en la política de reclamo soberano y dejaron asentada su preocupación porque Macri no se hubiese expresado sobre un tema tan delicado en su campaña.

El discurso de asunción del 10 de diciembre fue el momento propicio para que el nuevo presidente se adentrara en este terreno: “Es necesario superar el tiempo de la confrontación,” propuso, para luego asegurar que “sostendremos todos nuestros reclamos soberanos.”

Ya entonces, la noción de un reclamo soberano sin confrontación se inscribía dentro de la narrativa dialoguista del gobierno, pero resultaba como menos ambigua en términos de políticas concretas. En cualquier caso, parecía un planteo coherente con el hombre que, minutos antes, había burlado la fórmula constitucional jurando desempeñarse con “honestidad” en lugar de hacerlo con “patriotismo”.

Un diálogo sin soberanía

La palabra clave con la que el macrismo propone abordar las tensiones políticas es siempre la misma: ‘diálogo’. También fue esta la palabra utilizada por el presidente para referirse al conflicto de Malvinas en la apertura de cesiones legislativas de este año. Y el concepto fue refrendado por Malcorra tres días después, rebajando la ‘Secretaría de Asuntos Relativos a las Islas’ al grado de subsecretaría, con el argumento de que este cambio facilitaba un “manejo armonioso” con Londres.

El ‘diálogo’ al parecer, no consistía en sentarse a ‘negociar’ soberanía, sino en aceptar las demandas inglesas que exigían quitar el conflicto por Malvinas del medio. En lugar de lograr un “manejo armonioso” del conflicto, la degradación de la Secretaría buscaba relegar el conflicto para seducir al Reino Unido con miras a dialogar (ahora sí) acuerdos económicos.

Si esta ‘armonización’ no bastaba, la canciller terminó por desmantelar la Subsecretaría apenas un mes después. Y como si se tratara de un guiño al Foreign Office, la fecha elegida fue el primero de abril, un día antes de un nuevo aniversario de la guerra.

El tan anticipado diálogo llegó al fin el 13 de septiembre, con la firma de un comunicado conjunto entre ambos países. Como podía anticiparse, el documento perseguía, antes que nada, un acuerdo de explotación económica de las Islas. Textualmente: “Se acordó adoptar las medidas apropiadas para remover todos los obstáculos que limitan el crecimiento económico y el desarrollo sustentable de las Islas Malvinas, incluyendo comercio, pesca, navegación e hidrocarburos.”

Dado que la explotación de las islas por parte del Reino Unido se venía postergando debido a las restricciones impuestas por la Argentina, los únicos responsables de “remover todos los obstáculos” serán los argentinos, quienes habilitarán con ello al Reino Unido a extraer la riqueza del suelo malvinense.

A cambio, y para impostar compensación del lado inglés, se acordó la identificación de los soldados argentinos en el cementerio de Darwin, una acción humanitaria tan elemental que cuesta creer que se pueda aceptar como elemento de negociación.

La impresión que deja este acuerdo es que la Argentina seduce, la Argentina garantiza libertad de acción, y el Reino Unido se beneficia. Todo a cambio de algunas monedas que prometen caer de nuestro lado.

Retroceder treinta años

Para evitar posibles reclamos de cesión de derechos, el documento firmado por Malcorra y el ministro inglés remite a la fórmula de soberanía incluida en la Declaración Conjunta de 1989, un documento acordado a poco de la asunción de Menem por el entonces canciller Domingo Cavallo. En aquella declaración ambos países reafirmaban sus posiciones con respecto a la soberanía de las islas, sin desmedro del desarrollo de otro tipo de actividades conjuntas.

El problema es que aquella declaración también contenía un párrafo donde ambos gobiernos se comprometían a “respetar plenamente los principios de la Carta de las Naciones Unidas”. A pesar de este compromiso, el gobierno inglés se ha negado consistentemente a retomar el diálogo que manda la Resolución 2065 del organismo internacional, la cual reconoce la situación colonial de las islas y urge a ambos países a encontrar una solución pacífica al problema.

La Resolución 2065, por su parte, se sustenta en la Resolución 1514 (XV), que proclama “la necesidad de poner fin rápida e incondicionalmente al colonialismo en todas sus formas y manifestaciones”.

Aceptar un documento de 1989 como base para el reclamo soberano de la Argentina, sin advertir que desde aquel año hasta la fecha Londres se negó a cumplir con lo pactado, significa retrotraer el estatus del conflicto 27 años. Evidentemente, la estrategia dialoguista del macrismo se reduce a un dialogo sobre los intereses del Reino Unido (que son intereses económicos), mientras se acepta no dialogar sobre los intereses argentinos (que son intereses territoriales).

Midiendo la resistencia tras el zarpazo

Al aplicar el análisis de Kicillof al tratamiento del tema Malvinas, es posible decir que Macri dio el zarpazo: intentó deshacerse de la discusión por la soberanía de las Islas e intentó retrotraer ese debate a 1989. Las acciones posteriores al acuerdo, su discurso en las Naciones Unidas y el papelón internacional que lo enfrentó con la cancillería inglesa, deben leerse en el contexto de una tardía ‘medición de la resistencia’.

La declaración firmada por Malcorra cosechó un rechazo generalizado que atravesó a propios y a extraños. Los reparos del kirchnerismo y de los partidos de izquierda eran previsibles; el cuestionamiento del massismo, en cambio, reflejó un malestar más amplio al interior de la población. Los mismos lectores del portal Clarín, acostumbrados a perdonar lo imperdonable al gobierno, reaccionaron con inusitada virulencia ante el comunicado de cancillería. Y la Coalición Cívica de Elisa Carrió, aliada al macrismo, hizo público un comunicado donde se muestra preocupada de que ‘soslaye’ la cuestión de la soberanía.

Probablemente haya sido este escándalo y no otra cosa lo que obligó al presidente Macri a sincerar la posición argentina frente a la Asamblea General de las Naciones Unidas. Luego de asegurar que el diálogo es “la piedra basal de la política exterior de la Argentina democrática,” concluyó: “Por eso, reitero, nuestro llamado al diálogo con el Reino Unido, como mandan tantas resoluciones de esta organización, para solucionar amigablemente la disputa de soberanía”.

Si bien el tono “amigable” se inscribe dentro de la narrativa dialoguista del gobierno, lo cierto es que la mención a las resoluciones ignoradas por la parte inglesa reinscribe el discurso presidencial dentro de la línea de reclamo de los gobiernos kirchneristas. Tal vez como no podía ser de otra manera, los mismo kelpers, desilusionados con el contenido del discurso, acabaron acusando a Macri de aplicar “tácticas kirchneristas”.

Malvina, medios y más allá

Luego vendría el papelón. No sabremos si Macri pecó de ingenuo o si fueron sus asesores los que le recomendaron dar entidad oficial al comentario de pasillo de la premier Theresa May: “Le dije que estoy listo para comenzar un diálogo abierto que incluya, por supuesto, el tema de la soberanía sobre las Islas,” contó el presidente, y remató: “Me dijo que bueno, que sí, que habría que empezar a conversar.”

La anécdota, que generó tantos coletazos internacionales, fue la excusa perfecta para que Clarín y La Nación salieran a limpiar la cara del gobierno después del escándalo por el acuerdo. ‘Malvinas: Macri dice que Londres acepta retomar el diálogo’, y ‘Malvinas: Macri planteó el reclamo de soberanía a la premier británica’, fueron los respectivos titulares de tapa.

Durante 24 horas, los principales diarios moldearon un relato en el cual el estreno del presidente frente a las Naciones Unidas había sido un éxito rotundo. El enorme papelón internacional, con corrección de la cancillería argentina y desmentida británica de por medio, podría esperar 24 horas más. Para entonces, ya se había puesto en marcha una campaña mediática que involucraba cuidadas fotografías de la pareja oficial y el seguimiento periodístico de un falso viaje en colectivo y un falso timbreo. Los medios que todo lo descubren, trataron aquellas ficciones publicitarias como acontecimientos reales, contribuyendo a la imagen de un gobierno que dialoga, esta vez con la gente.

Pero nada de esto hubiese sido necesario si antes el gobierno no trastabillaba con el acuerdo bilateral.

El repaso del tema Malvinas desde la llegada de Macri al poder da cuenta del desinterés del gobierno por el reclamo soberano, así como de la falacia que se esconde detrás del discurso dialoguista del macrismo. En definitiva, la conducta oficial en este tema avala la teoría del ‘zarpazo y medición de la resistencia’. Pero más importante aún, nos permite vislumbrar que, así como ocurrió con el tarifazo, con el nombramiento de jueces por decreto, o con el tope a las paritarias, lo único que puede encausar el rumbo de las acciones del gobierno en favor de los intereses de las mayorías es la resistencia.

Fue la blanda reacción política y popular lo que acabó con la aplicación de la Ley de Medios; fue la blanda reacción política y popular lo que permitió cerrar con los buitres y habilitar el mayor endeudamiento de un país emergente en 20 años; y es la blanda reacción política y popular lo que aún permite que caigan nuestros salarios y se expanda la desocupación. Se trata de tres luchas que hasta el día de hoy no han logrado involucrarnos a todos por igual. Si la defensa de las Malvinas obtuvo consenso es porque las Islas son parte del capital cultural compartido por todos; porque todos nos sentimos de un modo u otro parte de esa lucha. El problema sobreviene cuando la defensa de nuestra historia y de nuestros derechos nos encuentra disgregados. La gran victoria de los gobiernos liberales no es hacernos olvidar nuestros reclamos, sino lograr que nos desentendamos de los reclamos de los otros.



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